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Biomarcadores resonancia magnética

Debemos a Schumacher en 1965 los primeros criterios diagnósticos de la esclerosis múltiple (EM), que se basaban en la identificación de signos y síntomas de disfunción del sistema nervioso central que permitiesen la confirmación de diseminación en espacio y tiempo1. Young y cols. demostraron por primera vez en 1981 la utilidad de la resonancia magnética (RM) para visualizar las lesiones de la EM en un grado solo comparable al de la necropsia2, pero aún habrían de pasar veinte años hasta que la técnica se incorporase por primera vez a los criterios diagnósticos de la enfermedad3.  

En este tiempo la RM se ha consolidado como la técnica paraclínica fundamental en el diagnóstico y seguimiento de la enfermedad, y aunque en las sucesivas versiones de dichos criterios ha condicionado un incremento de la sensibilidad y la precocidad en el diagnóstico, las variables fundamentales hasta la fecha han sido el número y disposición de las lesiones en T2-FLAIR y la presencia de lesiones con realce con contraste paramagnético.

Como es de esperar, unos criterios que incrementen la sensibilidad pueden conllevar un mayor riesgo de falsos diagnósticos de EM.  Los actuales criterios McDonald 2024 han sido rompedores por distintos motivos, entre ellos la incorporación de dos marcadores de imagen que incrementan la especificidad del diagnóstico4: el signo de la vena central (CVS), producto de la desmielinización perivenular, y las lesiones de anillo paramagnético (PRLs), reflejo de las lesiones crónicas activas (CALs)1.

Las PRLs son anillos hipointensos en secuencias de susceptibilidad magnética (SWI), eco de gradiente (T2*) o mapas de susceptibilidad cuantitativa (QSM) que, en su mayor parte, se correspondenen estudios patológico-radiológicos con lesiones crónicas activas5. El comportamiento en dicha secuencia se explica porque en el borde de estas lesiones se concentra hierro, producto de la fagocitosis de mielina y oligodendrocitos por macrófagos y microglía. El carácter crónico de las PRLs se demuestra por la ausencia de realce con contraste paramagnético o bien, si no se ha empleado, si siguen siendo evidentes en estudios separados entre sí al menos tres meses6.

Aunque la detección de PRLs está condicionada en parte por la intensidad de campo empleada o la automatización en la lectura, se estima que en aproximadamente la mitad de los pacientes y en un 12% de las lesiones, independientemente del fenotipo de síndrome radiológico o clínico aislado, o bien EM recurrente o progresiva, se demostrará al menos un anillo7.

Se trata de un marcador muy específico, de forma que al margen de la EM, se ha descrito en neuromielitis óptica, síndrome de Susac y mielopatía asociada a HTLV8, entidades todas con una forma de presentación habitualmente distinta a la de la EM y, sobre todo, mucho más infrecuentes en población caucásica. Los criterios McDonald 2024 no exigen la presencia de PRLs para hacer el diagnóstico de EM, pero sí contemplan la posibilidad de hacer el diagnóstico en presencia de uno o más anillos y diseminación en tiempo demostrada por imagen o por positividad de líquido cefalorraquídeo4.

Además del interés diagnóstico en la EM, las PRLs tienen un importante valor pronóstico. Existe un consenso en clasificar los estudios de resonancia en función del número de anillos presentes: ninguno, entre 1 y 3, y 4 o más. Distintos grupos han demostrado que las formas progresivas, tanto secundarias como primarias, tienden a mostrar una mayor presencia de anillos que las formas recurrentes o el síndrome clínico aislado9,10. El número de PRLs ha demostrado correlacionarse con la severidad de la enfermedad, medida por las escalas clínicas habituales9, y el efecto parece tener mayor magnitud que el de marcadores de imagen clásicos como el número o volumen total de lesiones en T210.

Se considera que las lesiones lentamente expansivas (SELs) también pueden reflejar las CALs, aunque su demostración requiere de imágenes seriadas, a diferencia del hallazgo de PRLs, que es transversal. Las lesiones lentamente expansivas reflejan un daño tisular persistente y, al igual que las CALs, se corresponden con lesiones en T2 que no realzan con contraste11. Cerca de un 40% de PRLs se co-localizan con SELs11. De forma similar a lo antes reseñado sobre PRLs, una mayor proporción de SELs en el total de lesiones basales predice un mayor riesgo de progresión en estudios longitudinales12.

Independientemente de la técnica de imagen mediante la que se demuestren las CALs, la realidad es que a día de hoy existe una necesidad terapéutica no cubierta respecto de su sustrato patológico, que es la inflamación compartimentalizada y la activación persistente de macrófagos y microglía. El efecto dual periférico y central de los inhibidores de la tirosín-quinasa de Bruton (BTKis) modulando linfocitos B y macrófagos-microglía pretende salvar este vacío terapéutico.

En este sentido, en un ensayo fase 2 evobrutinib demostró reducir prospectivamente el volumen de SELs de forma dependiente de la dosis y también frente a un comparador activo (dimetil fumarato)13. Otro BTKi, tolebrutinib, demostró en ensayos de fase 3 frente a los comparadores un beneficio en cuanto a inhibición de la progresión de discapacidad tanto mayor cuantos más anillos paramagnéticosestaban presentes basalmente14.

La eventual incorporación de los BTKi al arsenal terapéutico con toda seguridad demandará del empleo de alguna combinación de biomarcadores de imagen (realce con gadolinio, PRLs, SELs) y bioquímicos (sNfL, sGFAP u otros) para poder realizar una elección racional en nuestros pacientes entre los fármacos actuales (activos fundamentalmente contra la inflamación focal) y los que están en desarrollo (dirigidos también a la inflamación compartimentalizada), para saber cuándo transicionar entre ellos, e incluso -hipotéticamente- para emplearlos de forma combinada.

Autor

doctor miguel alberte

Dr. Miguel Alberte Woodward
Servicio de Neurología. Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela


 

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Referencias
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  2. Young IR, Hall AS, Pallis CA, Legg NJ, Bydder GM, Steiner RE. Nuclear magnetic resonance imaging of the brain in multiple sclerosis. Lancet. 14 de noviembre de 1981;2(8255):1063-6. doi:10.1016/s0140-6736(81)91273-3 PubMed PMID: 6118521.
     
  3. McDonald WI, Compston A, Edan G, Goodkin D, Hartung HP, Lublin FD, et al. Recommended diagnostic criteria for multiple sclerosis: guidelines from the International Panel on the diagnosis of multiple sclerosis. Ann Neurol. julio de 2001;50(1):121-7. doi:10.1002/ana.1032 PubMed PMID: 11456302.
     
  4. Montalban X, Lebrun-Frénay C, Oh J, Arrambide G, Moccia M, Pia Amato M, et al. Diagnosis of multiple sclerosis: 2024 revisions of the McDonald criteria. Lancet Neurol. octubre de 2025;24(10):850-65. doi:10.1016/S1474-4422(25)00270-4 PubMed PMID: 40975101.
     
  5. Auger C, Rovira À. Nuevos conceptos sobre el papel de la resonancia magnética en el diagnóstico y seguimiento de la esclerosis múltiple. Radiologia. 1 de septiembre de 2020;62(5):349-59. doi:10.1016/j.rx.2020.07.002.
     
  6. Bagnato F, Sati P, Hemond CC, Elliott C, Gauthier SA, Harrison DM, et al. Imaging chronic active lesions in multiple sclerosis: a consensus statement. Brain. 3 de septiembre de 2024;147(9):2913-33. doi:10.1093/brain/awae013 PubMed PMID: 38226694; PubMed Central PMCID: PMC11370808.
     
  7. Tranfa M, Cantoni V, Green R, Carignani G, Capasso S, Brescia Morra V, et al. Prevalence and Incidence of Paramagnetic Rim Lesions in Multiple Sclerosis: A Systematic Review and Meta-Analysis. Radiology. septiembre de 2025;316(3):e243718. doi:10.1148/radiol.243718 PubMed PMID: 40985834.
     
  8. Rimkus C de M, Otsuka FS, Nunes DM, Chaim KT, Otaduy MCG. Central Vein Sign and Paramagnetic Rim Lesions: Susceptibility Changes in Brain Tissues and Their Implications for the Study of Multiple Sclerosis Pathology. Diagnostics (Basel). 27 de junio de 2024;14(13):1362. doi:10.3390/diagnostics14131362 PubMed PMID: 39001252; PubMed Central PMCID: PMC11240827.
     
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MAT-ES-2601073-v1-04/2026